No: a los golpes

A veces nos sacan de las casillas. ¡No a los golpes!

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Son tan dulces, tan tiernos, tan indefensos, pero a la vez tan tercos, tan chillones, tan insoportables. Entre uno y tres años, nuestros hijos suelen sacamos de quicio.

Mi hijo Marcos es un niño deseado y largamente esperado. Lo quiero más que a mi vida. Y sin embargo, el otro día me sacó hasta tal punto de mis casillas que le pegué un soberano chirlo. Después lloramos los dos, él del susto y yo de vergüenza y arrepentimientos.

Julia R., que nos relató este episodio, todavía no comprende cómo ha podido tener una reacción tan violenta. Se había propuesto educar a su hijo con amor y comprensión, sin recurrir jamás a los castigos físicos. Y ahora esto!

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Un estudio realizado recientemente por una prestigiosa publicación arrojó los siguientes resultados:
* La inmensa mayoría de los padres rechazan las bofetadas y los golpes.
* Sin embargo, casi todos los niños se suelen llevar alguna que otra cachetada, sobre todo a edades comprendidas entre un año y medio y tres años.
* La mayoría de los padres reconocen que estas bofetadas surten poco o ningún efecto.
* Las causas más frecuentes que llevaron a los padres encuestados a pegar a su hijo son primordialmente dos: o el niño corría algún peligro (43 por ciento) o la madre (más raramente el padre, en general ausente de casa) se encontraba bajo un fuerte estrés (70 por ciento) que, por otra parte, no tenía nada que ver con el niño.

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Las bofetadas no sirven
Estamos convencidos de que todas las personas rechazan pegar a sus hijos. Pero del mismo modo sabemos que más de una madre sobrecargada recurre a ese último “razonamiento”.

 

Cuando nuestros hijos comienzan a caminar e investigar su entorno, se acabaron, los tranquilos tiempos de antaño. Un niño de uno a dos años necesita que, prácticamente durante todo el día, alguien corra detrás de él para impedir que se haga daño o rompa algo. Y quien corre es casi siempre la madre que, obviamente, tiene algunas cosas más que hacer. En esta situación es fácil que tenga la impresión de que el pequeño destroza las plantas, vacía el armario o abre la llave del gas sólo para provocarla. Si no, ¿por qué no le hace caso cuando le explica por enésima vez lo que debe hacer.

* Algunas madres recurren a un chirlo sólo porque se encuentran. Necesitan desarrollar estrategias de emergencia para calmar sus nervios.

En momentos así algunas madres piensan que una pequeña palmada o un chirlo darán más énfasis a sus palabras. Seguramente ellas mismas ya se habrán percatado de que esto no es así. Por una parte, porque la memoria de un pequeño de esta edad -aún corta- no va a desarrollarse sólo porque le pica la manito que ha recibido el golpe. A lo sumo el efecto de un chirlo dura unas pocas horas; al día siguiente, todo estará olvidado.

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Por otro lado, el afán del niño de tocar e investigarlo todo resulta tan desenfrenado -al fin y al cabo es así como aprende a conocer el mundo que surgirá siempre de nuevo, a pesar de las experiencias negativas. De la misma forma el pequeño aún no sabe controlar sus sentimientos. No puede fingir que está alegre cuando siente rabia o frustración. Gritará y pataleará tal como se lo pidan sus sentimientos, aunque sea en pleno calle.

A otras madres sencillamente se les escapa la mano por estrés, por cansancio, por sentirse impotentes. La solución parece fácil: eliminar las causas de sus “nervios a flor de piel”. Pero esto, desgraciadamente, pocas veces es posible. (Sin embargo, cuando la impotencia es tan grande que las palizas amenazan con convertirse en malos tratos, la mujer no debe dudar en pedir ayuda, y cuanto antes, mejor.)

El niño no tiene la culpa
Una solución más acorde con la vida diaria consiste en desarrollar estrategias para mantener la calma también en situaciones conflictivas. Todas conocemos el consejo de contar hasta diez (o hasta cien, si es preciso). Algunas mujeres se inventaron recetas más originales les, que quizá pueden dar una idea a otras madres: por ejemplo, abandonar la habitación o llevar al niño a otro cuarto, cantar o silbar, respirar profundamente, tirar un almohadón contra la pared, elogiarse a sí misma por no perder los estribos.

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Por supuesto, estas estrategias de urgencia no resuelven el problema causante de la angustia y ansiedad subyacentes. Pero evitan el golpe y dan tiempo para pensar.

En definitiva: NO a las bofetadas, porque no sirven para que los niños nos hagan caso y sí para provocar su agresividad y nuestra frustración.

 

 

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